martes, 9 de enero de 2018



MUJER BAÑADA DE LUCES NOCTURNAS
Calle cincelada por besos de luz, fragmentada en espasmos multicolores. Dios dibuja soles, estrellas y galaxias pintando caprichosamente la noche, mientras caminas trémula y pensante. Las chispas cromáticas me asfixian los ojos. Y los tuyos. Nada es opaco. Menos tu luz.
Tu paraguas y tu vestido, blancos, absorven la danza galáctica ante la cual te rindes. Yo también me rindo.
Te veo pasar, silenciosa, y única, sin interrupciones ni bocinas cercanas. Solo brillas. Brillas. No se quién eres. Pero tu halo fantástico ha infringido mis escudos.
Los faroles, en línea, fingiendo crucifijos, te marcan el camino, protegiendo la arcaica y pétrea calle. Por allí pasaron héroes.
Yo rezo. No eres de aquí. No puedo hablarte.
Todo es despabilante. Pero silencioso. No hay almas durmientes. Mis ojos quedan exhaustos. El universo fulge, exagerado, sobre tu calle, diezmada por el capricho de un dios que dibuja ebrio. Los astros están ahí, hasta en el suelo, impregnados de eternidad.
Por las ventanas alguien te ve pasar. ¿Te ven pasar? O solo es un invento de Dios tu leve caminata. Ellos duermen. Temen tanta luz.
Sí, ya sé. Eres un ángel. La lluvia no es tanto. Eres tú, que me humedeces los ojos, enamorándome.
Coqui. (Pintura: Leonid Afremov)

sábado, 30 de julio de 2016

ALMA QUE PIDE PAZ

Desempáñame los ojos, veo mal
Desescótame los labios, ya ni beso
Desencájame esas nubes, son de sal
Desentróname las manos, son de yeso.

Amigájame los golpes, son tan duros
Amiláname los miedos, tienen suerte
Almohadóname las sienes, siento muros
Acongójame despacio, huelo muerte.

Enarbólame los días, no los veo
Empodérame las manos, son de hielo
Enaltéceme las noches, soy tu reo
Embandérame en tu paño, es el cielo.

Desanúdame la risa, es tan bella
Desafíname los gritos, tienen rabia
Desentiérrame las noches, hay estrellas
Desempólvame la vida, aun es sabia …


MUJER PINTADA EN ÉTER

Si enarbolas tus labios en danza
Si no castras, de pronto, la risa
Si no amas, con hiel en la panza
Si apareces en forma de brisa…

Volaré, ya lo se, medio lento.
Plantaré mis carbones en punas
Y serás como nieve de viento
Y seré mil migajas de luna.

Si no duermes y besas la noche
Si me pintas espejos azules
Si me tapas, fingiendo derroche
Si me curas, con vendas de tules…

Naceré, otra vez, como nube
Aunque tenga mordida la calma
Vagaré, como viento, que sube,
Mientras tú, me acaricias el alma.


martes, 14 de enero de 2014



DESEOS

Quiero embriagar tu boca castaña,
Hurtar tus lágrimas, donde me mojo,
Refrescarte el aura, y teñirme de rojo,
Escucharte la voz, que tanto daña.

Nadar en tu lago, mutilar mi calma,
Dormir en tus palmas, adornar tu fiesta,
Quemarme las dudas y acortar la siesta,
Morir en tu manto, que me abriga el alma.

Estrujar mi sangre, vulnerar tu nido,
Bailar en tu lluvia, y volar despierto,
Violar tu montaña, corazón desierto,
Beberte la vida, de veras vencido.

Comer en tus labios, regalarte el cielo,
Esconderme en tu panza, como un armiño,
Sacarme las gafas y soltar al niño,
Que sube de noche a escalar tu pelo.


domingo, 21 de octubre de 2012

A la vieja Elba, MI vieja, que dejó este mundo el julio de 2004
A este humilde poema, lo escribí a las pocas semanas de su partida.

A veces TE SIENTO …

En el botón de la camisa
que me arreglaste hace un mes,
para que yo pudiera estar “bien vestido”.

En la cara del piquetero Castells
a quien no puedo criticar ni alabar
mientras miro la tele
porque no estás vos para escucharme.

En la máquina de coser
tan llena de tus manos
que se quedaron sin tocar
el pelo semilargo de una nena italiana (tu nieta).

En la taza con aceite viejo
que dejabas bajo la canilla de la cocina.

En tu Biblia chiquitita,
que llevabas a todos lados
como si escondieras al Cristo
que, según vos, te abrazaba en los malos momentos.

En el mate enchapado en lata
donde nunca entraba mucha yerba
y que todavía uso.

En las plantitas que regabas
en las tardes con sol
como si fueran tus hijas postizas.

En las fotos familiares
que exponías en la cómoda de tu pieza
como si fuera un desfile militar.

En tu altar tan lleno de santos
y de vírgenes pequeñas.

En los pañuelos viejos, que te tapaban la cara,
para salir a la intemperie,
sin que el viento de la vida
te agrediera.

En cada gol de River, que curaban la soledad
de tus domingos.

En el plato que ya no pongo
en esta mesa mal tendida y desordenada,
que se llena de un silencio,
que me aturde
cuando quiero almorzar.

Te fuiste un mediodía bastante frío
como tu respiración
tan cansada
por un amor maternal inconcluso
asfixiado en una tierra lejana,
mientras la Legrand comía con Pergolini.

Esa tortilla de papas
(la que me hiciste ese día
sabiendo que era el último)
tiene el valor incalculable
de tus manos mustias
ajadas de amor,
haciendo la comida.
Pocos pudieron palpar
tu vacío inmenso
tu corazón demandante
de caricias de niño,
de abrazos de hijo,
de risas de nieto,
de compañía de esposo.





Y a pesar de que te hartaban
los ladridos molestos
de mis perros sucios
“esos perros vagos y pulguientos” –decías,
ellos todavía lloran tu partida
y extrañan tus retos y rezongos
y tus salidas a caminar
cuando te seguían de cerca,
para cuidarte
aunque vos no te dieras cuenta.

Dijiste una vez que una virgen te salvó la vida
y que ahora estabas lista para que te llevara
En paz. Así fue. Yo no lo esperaba.

Te siento…

En los mates que ahora improviso
todos los días, como puedo.
Ellos no tienen la dulzura que vos le ponías
por más que los llene de azúcar.

En los silencios de la siesta.
que para vos eran sagrados.
En las macetas rotas, con huecos.
En los almohadones de lana.
En los frascos con yuyos.
En los cartas de naipes
ahora vacantes
esperando ser maltratados
por las viejas del chinchón.

Ahora tus pulmones y tu garganta
tienen la paz
que tanto querías.

Esta triste tarde de domingo
sigo sintiendo
la suavidad tierna
de tu pelo ceniciento y viejito.

Cuánto extraño…

Tus pasitos cansados
en busca de sol
para poder tender la ropa.

Y el calor de la estufa en invierno,
que te besaba los pies.

Y las tortugas del jardín
que esperaban tu porción de tomate.

Y el osito de la infancia.

Y tus manos viejitas
agarrando las mías,
antes de dormir,
cuando era un niño.

viernes, 21 de octubre de 2011

Al Santi Miranda, que decidió irse abruptamente un día ..

Una vez leí un poema de un libro de Antony de Melho (ex sacerdote jesuita)... que se llamaba "Porqué mueren los hombres buenos". En realidad, no recuerdo bien qué decía o si era algo lindo o feo.
Pero, con el paso del tiempo, encontré la explicación más bella, reconfortante y optimista que se puede tener sobre alguien que se va ...
Dice el budismo, que cuando una persona muere, se transforma en un "ser en estado de latencia", es decir, en un ser que no puede accionar, porque ya no está en el plano de los vivos.
Entonces, todos aquellos que SÍ ESTAMOS VIVOS, podemos enviarle LUZ, ALEGRÍA y FELICIDAD a ese ser, por más que las circunstancias en las que esa persona se fue, hayan sido terribles.
Cuando una persona VIVA, repite NAM MIOJO RENGUE KIO, tiene el poder de ATRAVESAR el universo, hasta los lugares más recónditos, incluso hasta el corazón de alguien que ya no está, insuflándole LUZ, ALEGRÍA y FELICIDAD, a ese corazón, por más dañado que esté.
Podemos ELEVAR EL ESTADO DE VIDA, de alguien que ya no vive entre nosotros.
El único requisito es PONER EL CORAZÓN, al repetir NAM MIOJO RENGUE KIO, para que ese ser que se fue, encuentre una gota, un chapuzón, o un océano de las cosas que no sintió en vida.
Es increíble, pero así es....
Repitamos muchas veces esta frase, que tiene, ella sola, el poder de atravesar el universo, y llegar al lugar más recóndito, que no es una galaxia lejana, sino de llegar al corazón de alguien que ya no está entre nosotros. Pongamos el corazón, para llegar al corazón de él, y llenémoslo de LUZ ...

Gracias, Santi, por tu grandiosa vida de pisciano, que, como buen pisciano, sentiste los dolores de la vida, de manera un poco más intensa que los demás.
Pero siempre, incluso ahora, PODÉS SENTIR ALEGRÍA ....
Un abrazo …

 

domingo, 16 de octubre de 2011

TORTILLA DE PAPAS

TORTILLA DE PAPAS

El último día, el día que te fuiste, vieja, me hiciste de comer tortilla de papas.
Esa mañana, te levantaste rara, con mucha energía, con esa fuerza que la vida te había quitado hacía ya mucho tiempo.
Nunca te esforzabas demasiado en cocinar, como tampoco en vivir, porque ya las cosas no tenían mucho sentido para vos.
Día a día, todos te veíamos marchitar, en la cama, tejiendo, escapando de la vida, masticando esa oscura habitación, llenas de santos y de remedios, que te impedía respirar el aire primaveral que había afuera.
Matizabas algunas tardes domingueras con las viejas del chinchón, que te alegraban la vida discutiendo si había que cortar con menos de 5 o menos de 7. Pero no querías vivir más.

Aquella mañana, la última, cerca del mediodía, te levantaste con toda la fuerza del mundo, caminaste hasta la cocina, y empezaste a cocinar tortilla de papas. Yo no entendía qué te pasaba. Hacía mucho que no te veía así, tan decidida a hacerme una comida tan rica, cuyo gusto yo casi no recordaba.

Vos, vieja, decías que la tortilla de papas era algo demasiado complicada para hacer, porque todo para vos se había tornado difícil: respirar, cocinar, amar, vivir.
Muchas veces te enojabas porque la tortilla te salía quemada, o más bien, “descuajeringada” como si fuera un masacote desordenado.
Pero a mí, a mí me encantaban, porque me endulzaban no solo el estómago, sino el corazón, aunque estuvieran pasadas de sal.

Hace un tiempo conocí a una mujer que quise mucho, que detestaba la tortilla de papas: su esposo, una vez, le había propinado una feroz paliza porque la tortilla que ella le había preparado, estaba mal hecha. Ella miraba a las tortillas como algo fantasmagórico y terrible. Muchos años después, ella me cocinó una tortilla de papas, y yo sentí que así, había curado su herida.

Ese día, el 15 de julio de 2004, comí tu última tortilla de papas, la mejor de todas, porque estaban saturadas de tu amor de madre, que me curó todas las heridas.
Si alguna vez sentí, equivocadamente, que no habías sido una “buena mamá”, durante ese frío mediodía de julio, el calor sofocante de ese masacote hecho con huevos, papas y aceite, me curó todas las heridas.
Tu amor de madre, escondido en una TORTILLA DE PAPAS, bajó por mi boca, llegó a mi estómago, y sin demasiado permiso, se instaló en mi corazón y me alimentó el alma, borrándome  todos los rencores.

Desde ese día, me la paso mintiendo por ahí… Cuando me preguntan, cuál es mi comida predilecta, les respondo: “Lo mejor es el locro”, y todos me creen …
Pero ahora, acabo de revelar mi secreto más íntimo, el que no quería contar a nadie: mi corazón se llena de luz, cuando algún corazón compasivo, me cocina tortilla de papas.

A partir de ahora, empezaré a escribir mi tesis, que será irrefutable para cualquiera:
Cualquier hijo que esté enojado con su mamá, solo debe hacer una cosa: pedir que le cocine TORTILLA DE PAPAS. Cualquier mamá que no pueda hablar con su hijo, deberá escribirle por mensaje de texto: “Hijo, cociné tortilla de papas para vos”
Así, tal vez los estómagos queden indigestados de comida…. Pero los corazones, quedarán indigestados de amor...  y todas las heridas quedarán curadas. Para siempre.
Feliz días a todas la madres del mundo ….