martes, 9 de enero de 2018

TUS FLORES
Me tuve que ir, una vez más.
Otra vez dejé las rosas, con los olores de tu vida.
Yo no tenía espacio para tanta belleza modelada en flores, aunque los colores y los aromas recién empezaban a bullir, desde tu emulsión de pétalos maduros.
Exhalabas un perfume cósmico, con fragancias que espejaban vidas pululantes en otras galaxias, jamás capturadas. Yo sería el pionero. El gran catador de tus pinceladas, cuyo lienzo sería mi vida.
No solo desplegabas chispazos cromáticos en forma de luces, sonidos y perfumes. Tú eras el arte.
Volví a dejar las rosas. Me puse el paraguas, para cubrirme el cabello. Y me fui. Sin que lloviera una gota.
Pero quedará tu perfume, etéreo, magnificente.
Los faroles cansinos volverán a marcarme el camino, para retomar el círculo.
Volveré a ser el mismo, volveré a pecar. Me llenaré de espinas la sien.
Pero seguiré sintiendo el olor de tus flores, que una vez dejé. Y viviré, como pueda…
Texto: Coqui. Pintura: Leonid Afremov.
TRES COMPAÑEROS
Los árboles delgados les marcan el camino. ¿Adónde van? ¿Qué ritmo tenue los lleva?
Alma tripartita: un poco hombre, un poco mujer, un poco perro. Los tres son uno. Y van juntos, alivianando cargas.
De un lado, lluvia de luces, todas desatinadas, como en danza tremulante e indisciplinada. Del otro, sombras estrujadas por aquellas chispas. 
El silencio los nutre, aunque hablen, los tres.
Seres arbolados, de cintura refinada, con copas tímidas, confiesan que es otoño. Dulce otoño… de frescores nocturnos y húmedos de garúa.
Los faroles triados en esferas perfectas también aducen recuerdos de caminatas reflexivas. Yo no estuve ahí. No pude.
Es el mejor paisaje. Ustedes tres, en sintonía cósmica, aluden a galaxias lejanas. No se detengan. No importa si llueve.
Hay soles estampados en cada paso que dan. El camino es eterno. Deslúmbrennos, como lo hacen esos colores fúlgidos en estado de espasmo.
Dentro de sus almas hay exceso de vida, modelada en chispas oceánicas que titilan, alocadas.
Dios sigue pintando. Me quiero despertar….
Coqui. (Pintura: Leonid Afremov)



MUJER BAÑADA DE LUCES NOCTURNAS
Calle cincelada por besos de luz, fragmentada en espasmos multicolores. Dios dibuja soles, estrellas y galaxias pintando caprichosamente la noche, mientras caminas trémula y pensante. Las chispas cromáticas me asfixian los ojos. Y los tuyos. Nada es opaco. Menos tu luz.
Tu paraguas y tu vestido, blancos, absorven la danza galáctica ante la cual te rindes. Yo también me rindo.
Te veo pasar, silenciosa, y única, sin interrupciones ni bocinas cercanas. Solo brillas. Brillas. No se quién eres. Pero tu halo fantástico ha infringido mis escudos.
Los faroles, en línea, fingiendo crucifijos, te marcan el camino, protegiendo la arcaica y pétrea calle. Por allí pasaron héroes.
Yo rezo. No eres de aquí. No puedo hablarte.
Todo es despabilante. Pero silencioso. No hay almas durmientes. Mis ojos quedan exhaustos. El universo fulge, exagerado, sobre tu calle, diezmada por el capricho de un dios que dibuja ebrio. Los astros están ahí, hasta en el suelo, impregnados de eternidad.
Por las ventanas alguien te ve pasar. ¿Te ven pasar? O solo es un invento de Dios tu leve caminata. Ellos duermen. Temen tanta luz.
Sí, ya sé. Eres un ángel. La lluvia no es tanto. Eres tú, que me humedeces los ojos, enamorándome.
Coqui. (Pintura: Leonid Afremov)

sábado, 30 de julio de 2016

ALMA QUE PIDE PAZ

Desempáñame los ojos, veo mal
Desescótame los labios, ya ni beso
Desencájame esas nubes, son de sal
Desentróname las manos, son de yeso.

Amigájame los golpes, son tan duros
Amiláname los miedos, tienen suerte
Almohadóname las sienes, siento muros
Acongójame despacio, huelo muerte.

Enarbólame los días, no los veo
Empodérame las manos, son de hielo
Enaltéceme las noches, soy tu reo
Embandérame en tu paño, es el cielo.

Desanúdame la risa, es tan bella
Desafíname los gritos, tienen rabia
Desentiérrame las noches, hay estrellas
Desempólvame la vida, aun es sabia …


MUJER PINTADA EN ÉTER

Si enarbolas tus labios en danza
Si no castras, de pronto, la risa
Si no amas, con hiel en la panza
Si apareces en forma de brisa…

Volaré, ya lo se, medio lento.
Plantaré mis carbones en punas
Y serás como nieve de viento
Y seré mil migajas de luna.

Si no duermes y besas la noche
Si me pintas espejos azules
Si me tapas, fingiendo derroche
Si me curas, con vendas de tules…

Naceré, otra vez, como nube
Aunque tenga mordida la calma
Vagaré, como viento, que sube,
Mientras tú, me acaricias el alma.


martes, 14 de enero de 2014



DESEOS

Quiero embriagar tu boca castaña,
Hurtar tus lágrimas, donde me mojo,
Refrescarte el aura, y teñirme de rojo,
Escucharte la voz, que tanto daña.

Nadar en tu lago, mutilar mi calma,
Dormir en tus palmas, adornar tu fiesta,
Quemarme las dudas y acortar la siesta,
Morir en tu manto, que me abriga el alma.

Estrujar mi sangre, vulnerar tu nido,
Bailar en tu lluvia, y volar despierto,
Violar tu montaña, corazón desierto,
Beberte la vida, de veras vencido.

Comer en tus labios, regalarte el cielo,
Esconderme en tu panza, como un armiño,
Sacarme las gafas y soltar al niño,
Que sube de noche a escalar tu pelo.


domingo, 21 de octubre de 2012

A la vieja Elba, MI vieja, que dejó este mundo el julio de 2004
A este humilde poema, lo escribí a las pocas semanas de su partida.

A veces TE SIENTO …

En el botón de la camisa
que me arreglaste hace un mes,
para que yo pudiera estar “bien vestido”.

En la cara del piquetero Castells
a quien no puedo criticar ni alabar
mientras miro la tele
porque no estás vos para escucharme.

En la máquina de coser
tan llena de tus manos
que se quedaron sin tocar
el pelo semilargo de una nena italiana (tu nieta).

En la taza con aceite viejo
que dejabas bajo la canilla de la cocina.

En tu Biblia chiquitita,
que llevabas a todos lados
como si escondieras al Cristo
que, según vos, te abrazaba en los malos momentos.

En el mate enchapado en lata
donde nunca entraba mucha yerba
y que todavía uso.

En las plantitas que regabas
en las tardes con sol
como si fueran tus hijas postizas.

En las fotos familiares
que exponías en la cómoda de tu pieza
como si fuera un desfile militar.

En tu altar tan lleno de santos
y de vírgenes pequeñas.

En los pañuelos viejos, que te tapaban la cara,
para salir a la intemperie,
sin que el viento de la vida
te agrediera.

En cada gol de River, que curaban la soledad
de tus domingos.

En el plato que ya no pongo
en esta mesa mal tendida y desordenada,
que se llena de un silencio,
que me aturde
cuando quiero almorzar.

Te fuiste un mediodía bastante frío
como tu respiración
tan cansada
por un amor maternal inconcluso
asfixiado en una tierra lejana,
mientras la Legrand comía con Pergolini.

Esa tortilla de papas
(la que me hiciste ese día
sabiendo que era el último)
tiene el valor incalculable
de tus manos mustias
ajadas de amor,
haciendo la comida.
Pocos pudieron palpar
tu vacío inmenso
tu corazón demandante
de caricias de niño,
de abrazos de hijo,
de risas de nieto,
de compañía de esposo.





Y a pesar de que te hartaban
los ladridos molestos
de mis perros sucios
“esos perros vagos y pulguientos” –decías,
ellos todavía lloran tu partida
y extrañan tus retos y rezongos
y tus salidas a caminar
cuando te seguían de cerca,
para cuidarte
aunque vos no te dieras cuenta.

Dijiste una vez que una virgen te salvó la vida
y que ahora estabas lista para que te llevara
En paz. Así fue. Yo no lo esperaba.

Te siento…

En los mates que ahora improviso
todos los días, como puedo.
Ellos no tienen la dulzura que vos le ponías
por más que los llene de azúcar.

En los silencios de la siesta.
que para vos eran sagrados.
En las macetas rotas, con huecos.
En los almohadones de lana.
En los frascos con yuyos.
En los cartas de naipes
ahora vacantes
esperando ser maltratados
por las viejas del chinchón.

Ahora tus pulmones y tu garganta
tienen la paz
que tanto querías.

Esta triste tarde de domingo
sigo sintiendo
la suavidad tierna
de tu pelo ceniciento y viejito.

Cuánto extraño…

Tus pasitos cansados
en busca de sol
para poder tender la ropa.

Y el calor de la estufa en invierno,
que te besaba los pies.

Y las tortugas del jardín
que esperaban tu porción de tomate.

Y el osito de la infancia.

Y tus manos viejitas
agarrando las mías,
antes de dormir,
cuando era un niño.